Las camas (de flores) sobre las cuales tienden los cuerpos de tierra (roja) de agua (marrón y verde).

Tengo el peso de las historias no contadas sobre el peso de mi pecho y ningún barril que me de reflejo. Y la tierra sigue multicolor pero la tele, la tele, 500 miles y miles y miles (y miles) de años después, ni con todo el realismo mágico que bordea al río podría hacerles justicia.

Y el río, marrón, donde se bañaron tantas mujeres.
Tejiendo redes.
Juntando curas
(curas no
Curas).

Una red de psicomagia que se respira desde el Parque España (en Rosario) pero que ni mi abuela, ni los juegos rojos me lo susurran.

Lo veo en el teatro décadas después.
Es el llanto (trauma) de un cuerpo destrozado, descolorado.
Hoy se entierra bajo el color ‘negro’.

Es el cuerpo de mujeres, niños y hombres.
Los animales de su lado también, junto a las plantas y a la tierra.

Y el blanco, y mi pasaporte español sigue arrasando todo con olor a podrido y a colonia.

No conozco sus historias,
ni sus nombres,
ni sus líneas.
En el mapa no ubico el color verde esmeralda,
ni el olor a humedad
que percibo desde el teatro.

Son muchos de cientos de años después que esta novela visualiza las historias en la periferia de lo periférico a aquello instituido en el poder.

(Si eres rojo te escondes en el pasto.
Bañas a los blancos en rituales y cantos.
Engatusando al tiempo ganas la batalla. (no precisas ni siquiera de machetes o insultos).

No muestras lengua. Si hablas te la cortan.

Todavía hoy si hablas te impresionan.
Te ahogan con palabras,
te asfixian con leyes.

Es el pintarse el pecho y dejar que el barro cuide de tu piel
Es disfrazarse de tono saturado y ridiculizar a la raza.
Mancharte.
en todo.

Contar verdades que destruyen sueños.
Aquellos son los sueños que inventaron al diablo, mientras ellas bailaban